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MISMO-E
Carlos de Foucauld,
beato
Quería ser el último de la fila... Se había
comprometido a nunca tener, «ni en propiedad ni en uso,
más que lo que puede tener un obrero pobre»... Eligió
vivir «sin clausura, como Jesús de Nazaret»,
«cerca del pueblo», «trabajando no menos de
ocho horas cada día, sin grandes tierras, ni casa grande,
ni grandes gastos, ni tampoco grandes donativos, sino en pobreza
total y extrema, como Jesús en Nazaret».
El espíritu del padre Foucauld ha enamorado siempre, como
el Evangelio, a cristianos que viven en varias situaciones, pero
que tienen en común un gran deseo de radicalidad cristiana.
Son sus pequeños hermanos, laicos, religiosos y religiosas:
una gran familia plural. Pero también militantes y presbíteros
del mundo obrero, misioneros, católicos que se acercan
al mundo islámico... Recordamos el libro Au coeur des masses
que para muchos de nosotros fue la puerta de entrada al espíritu
del hermano Carlos.
Hay que decir, no obstante, que se trata de una personalidad extraordinariamente
fuerte, profética. Muchos, desde ángulos diversos,
la sienten cercana, pero ella no se deja asimilar ni reducir:
siempre nos pide un paso más allá de lo que inicialmente
nos había atraído de ella.
Así, si es admirable, por ejemplo, su espiritualidad de
encarnación, no lo es menos su sentido del Dios trascendente.
Le gustaba escuchar el clamor mil veces repetido de los musulmanes:
Allah Akbar, «Dios es grande». Y comentaba: «Dios
es más grande que todas las cosas que podemos enumerar.
Sólo Él, en definitiva, merece nuestros pensamientos
y nuestras palabras.» También escribió: «En
el momento en que creí que existe Dios, comprendí
que no podía hacer otra cosa que vivir sólo por
Él. Mi vocación religiosa data del mismo momento
de mi fe.»
Éste su lenguaje, un poco duro a los oídos de las
generaciones de hoy, se hace especialmente cercano y cálido
cuando habla de Jesús. Dice: «La primera palabra
de Jesús a sus discípulos y a nosotros es: venid
y veréis.» Y nos confiesa lo que denomina «el
secreto de mi vida: he perdido la cabeza por este Jesús
de Nazaret, crucificado hace 1.900 años, me paso la vida
esforzándome para imitarlo». La imitación,
en efecto, la ve íntimamente vinculada al amor: «La
medida de la imitación nos da la del amor.»
Nazaret para Foucauld no significa sólo imitación
de la pobreza de Jesús, sino también de su silencio
evangelizador. Se trata de difundir el Evangelio predicándolo
no con la boca sino con el ejemplo: pregonar el Evangelio con
nuestra vida. Habla, todavía, de un testimonio absolutamente
desinteresado. Como comentaba Varillon, «la voluntad de
testimonio mata al testimonio». Y significa cercanía.
Dios, para salvarnos, dice el hermano Carlos, se mezcló
con nosotros... y sigue mezclándose en la Eucaristía.
La impenetrabilidad del mundo musulmán pone más
de relieve esta dimensión testimonial, la de Nazaret en
la Galilea de los paganos... Y nos ayuda, hoy, a reconsiderar
nuestras formas de evangelización ante la nueva dureza
de nuestra sociedad secularizada.
Desde el pasado día 13, Carlos de Foucauld es beato. Toda
su familia espiritual se alegra de ello. Tengámoslo muy
presente en esta hora difícil.
Joan Carrera Planas
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