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[OPINIÓN, núm. 1365]

AHORA MISMO-E

Carlos de Foucauld, beato

Quería ser el último de la fila... Se había comprometido a nunca tener, «ni en propiedad ni en uso, más que lo que puede tener un obrero pobre»... Eligió vivir «sin clausura, como Jesús de Nazaret», «cerca del pueblo», «trabajando no menos de ocho horas cada día, sin grandes tierras, ni casa grande, ni grandes gastos, ni tampoco grandes donativos, sino en pobreza total y extrema, como Jesús en Nazaret».
El espíritu del padre Foucauld ha enamorado siempre, como el Evangelio, a cristianos que viven en varias situaciones, pero que tienen en común un gran deseo de radicalidad cristiana. Son sus pequeños hermanos, laicos, religiosos y religiosas: una gran familia plural. Pero también militantes y presbíteros del mundo obrero, misioneros, católicos que se acercan al mundo islámico... Recordamos el libro Au coeur des masses que para muchos de nosotros fue la puerta de entrada al espíritu del hermano Carlos.
Hay que decir, no obstante, que se trata de una personalidad extraordinariamente fuerte, profética. Muchos, desde ángulos diversos, la sienten cercana, pero ella no se deja asimilar ni reducir: siempre nos pide un paso más allá de lo que inicialmente nos había atraído de ella.
Así, si es admirable, por ejemplo, su espiritualidad de encarnación, no lo es menos su sentido del Dios trascendente. Le gustaba escuchar el clamor mil veces repetido de los musulmanes: Allah Akbar, «Dios es grande». Y comentaba: «Dios es más grande que todas las cosas que podemos enumerar. Sólo Él, en definitiva, merece nuestros pensamientos y nuestras palabras.» También escribió: «En el momento en que creí que existe Dios, comprendí que no podía hacer otra cosa que vivir sólo por Él. Mi vocación religiosa data del mismo momento de mi fe.»
Éste su lenguaje, un poco duro a los oídos de las generaciones de hoy, se hace especialmente cercano y cálido cuando habla de Jesús. Dice: «La primera palabra de Jesús a sus discípulos y a nosotros es: venid y veréis.» Y nos confiesa lo que denomina «el secreto de mi vida: he perdido la cabeza por este Jesús de Nazaret, crucificado hace 1.900 años, me paso la vida esforzándome para imitarlo». La imitación, en efecto, la ve íntimamente vinculada al amor: «La medida de la imitación nos da la del amor.»
Nazaret para Foucauld no significa sólo imitación de la pobreza de Jesús, sino también de su silencio evangelizador. Se trata de difundir el Evangelio predicándolo no con la boca sino con el ejemplo: pregonar el Evangelio con nuestra vida. Habla, todavía, de un testimonio absolutamente desinteresado. Como comentaba Varillon, «la voluntad de testimonio mata al testimonio». Y significa cercanía. Dios, para salvarnos, dice el hermano Carlos, se mezcló con nosotros... y sigue mezclándose en la Eucaristía. La impenetrabilidad del mundo musulmán pone más de relieve esta dimensión testimonial, la de Nazaret en la Galilea de los paganos... Y nos ayuda, hoy, a reconsiderar nuestras formas de evangelización ante la nueva dureza de nuestra sociedad secularizada.
Desde el pasado día 13, Carlos de Foucauld es beato. Toda su familia espiritual se alegra de ello. Tengámoslo muy presente en esta hora difícil.

Joan Carrera Planas

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