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[EDITORIAL, núm. 1366]

EDITORIAL

La LOE

Cientos de miles de manifestantes se concentraron en Madrid el pasado 12 de noviembre para protestar contra el proyecto de Ley Orgánica de la Educación (LOE) impulsado por el gobierno socialista. Aunque las cifras son muy dispares según las fuentes, algo a lo que ya estamos acostumbrados, nadie se atreve a negar el éxito numérico de la manifestación. Incluso el presidente del gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, que se encuentra en horas bajas según diversas encuestas, se ha prestado a escuchar a los convocantes de la manifestación, algo que no ha hecho en ocasiones anteriores, o en el momento en que recibió más de un millón de firmas contra el mismo proyecto educativo.
Algo debe fallar cuando al líder socialista, que tanto alzó la bandera del diálogo y del talante, se encuentra con continuadas manifestaciones contra su política. Y es que normalmente la manifestación ciudadana en las calles suele ser el último recurso cuando una parte de la sociedad no se siente escuchada o tenida en cuenta por parte de sus gobernantes. Sin entrar a valorar otras manifestaciones anteriores, en el caso que nos ocupa, es cierto que hubo diálogo con los obispos sobre el tema de la educación, pero no se llegó a ningún acuerdo. Y es que el «talante» debe ir más allá de las formas, porque si no hay voluntad de ceder en nada para encontrar el acuerdo, el diálogo es vacío e inútil.
Por eso, los obispos españoles apoyaron mayoritariamente la manifestación, aunque, a la hora de la verdad, fueron pocos los que salieron a la calle. Los prelados catalanes, por su parte, poco propicios a animar este tipo de manifestaciones públicas, se limitaron a expresar su voz crítica con el proyecto educativo de la LOE.
Es normal que los obispos y la comunidad católica expresen su preocupación por una ley que, además de plantear serios problemas constitucionales sobre la libertad de enseñanza y sobre el derecho de los padres para la elección del modelo de educación para sus hijos, margina la religión, dejándola como una formación sin ninguna importancia, sin posibilidad de evaluación, sin alternativa real y fuera del horario escolar. Mientras tanto se favorece una nueva asignatura, de educación para la ciudadanía, que algunos ya han comparado con aquella «formación del espíritu nacional», en la que probablemente se darán consignas que estén en contradicción con la doctrina de la Iglesia.
Pero sería peligroso reducir los errores de la LOE a estas dos cuestiones, por otra parte tan importantes para los creyentes. Probablemente, el principal problema de la educación está en el fracaso que se está produciendo en nuestro país a nivel educativo, con continuos cambios de planes, sin que ninguno haya demostrado resultados positivos en el alumnado. Contrasta esta realidad con la de otros países que mantienen durante bastantes décadas su modelo educativo, a pesar de los cambios de color político de los gobiernos, y que obtienen como premio unos resultados educativos enormemente superiores a los de nuestro país. Mientras cada partido gobernante se mantenga inflexible con su ley educativa, como ahora sucede con la LOE del Partido Socialista o, anteriormente, con la LOCE del Partido Popular, no podremos avanzar de ninguna manera. Hasta que no haya un gran pacto educativo, que aúne una amplia mayoría del Parlamento español, y que incluya como mínimo las dos principales fuerzas políticas estatales, no podrá haber estabilidad educativa. Y mientras los políticos se pelean al grito de «yo ahora derogo la ley educativa que tú hiciste e impongo la mía», los grandes perjudicados son los estudiantes, con unos niveles culturales muy bajos y con un fracaso escolar tremendamente preocupante.
Por último decir que, una educación que no tenga en cuenta los valores más intrínsicos de la persona, como por ejemplo, todo su sentido trascendente, quedará coja. Las leyes laicistas que quieren excluir cualquier elemento religioso de la vida pública, como las que se aplican en Francia, ya se está viendo a qué reacciones conllevan.

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